Lecciones que deja la pérdida de Rafael Correa tras el referéndum ecuatoriano


Vladimir Cerrón

La pérdida en el referéndum del 04-02-18 del camarada Rafael Correa, donde tuvo un respaldo del 38%, es un mal indicador para el avance de la izquierda en Latinoamérica. Correa llegó a tener una popularidad más allá del 70% en su punto más alto y cuando dejó el poder la cifra era del 62%, igualmente alta.

Las lecciones políticas que nos dejan esta experiencia son que ninguna cifra de aceptación o rechazo de un político son estáticas, todo está en constante evaluación y sujeto al cambio coyuntural, por lo que la actividad política tiene que ser constante.

Correa no estuvo de acuerdo con la candidatura de Moreno, su candidato era Glas, pero se dejó ganar por democratismo partidario que exigieron las “bases”. Moreno sabía de ese desacuerdo, por tanto Moreno cree haber ganado por él, sobre la cabeza de Correa y ahora busca su propio espacio en la historia ecuatoriana desmarcándose de ser un apéndice del correísmo.

La crisis en Alianza País, partido que mantuvo en el poder a Correa, sufrió una fragmentación que afectó la popularidad del líder. Aunque los disidentes hayan sido pocos, su repercusión está en dependencia del grado de confianza que tuvieron en el partido, cuanto más alto haya sido el dirigente disidente, más letal puede tornarse su actuar, Moreno es un ejemplo vivo y vigente.

Como parte del Plan Cóndor II, diseñado por la CIA, la persecución judicial a los líderes de la izquierda está cantada, Glas preso, Correa enjuiciado, Lula enjuiciado y Fernández también. Los procesos judiciales que alcanzaron a Jorge Glas influyeron negativamente en los resultados.

Correa indudablemente fue el mejor gobierno que tuvo no solo del Ecuador, fue uno de los mejores presidentes de Latinoamérica, hizo grandes obras que fueron posibles tras su ímpetu y estilo. Si bien es cierto que el gobierno hizo bien su tarea, es decir el hardware, el Partido que tenía la misión de crear el espíritu revolucionario, es decir el software, no cumplió su tarea.

Correa es católico, de los cucufatos como decimos en Perú, educado en la Pontificia Universidad Católica de Ecuador, por tanto creyente en el socialcatolicismo o el socialpacifismo. En varias ocasiones se le ha escuchado hablar contra el marxismo, leninismo y la dialéctica, es decir, contra el socialismo científico y por el contrario, abogar por la Teoría de la Liberación, cuando esta última tiene como fin liquidar la influencia marxista en Latinoamérica.

El socialpacifismo no le permitió intervenir los monopolios de la comunicación como debía, que hoy lo han invisibilizado ante el pueblo en gran medida y han decidido su pérdida, sin darle la cobertura necesaria como cuando era Presidente. La confrontación con dichos monopolios fue una batalla ganada pero una guerra fracasada, a la luz del día. Si alguien decide enfrentar a un enemigo político tiene que ir a la ofensiva total, no puede dejarlo herido para que pueda recuperar y ampliar su poder. Los medios conllevaron a la creencia que la Ley de la Plusvalía y Herencias, afectaba al pueblo tarde o temprano.

El socialpacifismo tampoco le permitió entender que una revolución no va de vacaciones a Palacio de Carondelet, sino a lograr su objetivo final que es la instauración del socialismo, sin dar más chance futura al restablecimiento del régimen anterior, exactamente lo que la burguesía está haciendo con él, prohibirle volver a ser presidente de por vida. Esta es la prueba que cuando se habla de dictadura, no hay diferencia entre la de la burguesía con la del proletariado, ambas están en el derecho de liquidarse para una sobrevivir.

El pueblo debe entender que la democracia, no solo puede ser medida por un proceso electoral, la democracia también se mide por los estándares de vida que alcanza una sociedad, por el nivel de satisfacción de su pueblo en salud, educación, trabajo, etc. Salga la idea absurda que para mejorar el socialismo necesariamente tienen que implementarse algunas medidas capitalistas.

La costumbre de dejar influenciarse por los medios de comunicación, pensar que las obras son suficientes para garantizar la perpetuidad del liderazgo, dejar que otros piensen por nosotros, afirmar que una elección deviene en mejores gobiernos, etc., son elementos que constituyen lo que llamaba Lenin como “la fuerza de la tradición” o lo que llamaba Gramsci el “sentido común”, que es más difícil vencer que miles de batallas.